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Hepatitis

La hepatitis es una enfermedad infecciosa, de origen viral, causada por cuatro virus diferentes, llamados A, B, C y Delta, que afecta predominantemente al parénquima hepático.

La hepatitis es una enfermedad infecciosa, de origen viral, causada por cuatro virus diferentes, llamados A, B, C y Delta, que afecta predominantemente al parénquima hepático. Es la infección viral más frecuente, que tiene al hígado como “órgano blanco”, en el que centran con carácter predominante su acción. Sin embargo, existen otras infecciones virales, como por ejemplo  el sida, la  mononucleosis infecciosa, y la citomegalovirosis, que también pueden presentar  hepatitis en su evolución.. Cada una de estas infecciones virales, tiene caracteres clínicos propios, que las caracterizan, expresándose a través de diferentes manifestaciones que permiten diferenciarlas, más allá de su común afectación, del tejido hepático.

La hepatitis A, que es la más frecuente, es también la más contagiosa de las cuatro que se producidas por los virus inicialmente citados. Se transmite por contacto  de persona a persona, y  también por  ingestión  de comida, o de agua contaminada. A diferencia de otras virosis (como las respiratorias), que se transmiten por el aire, la hepatitis A, es una de las infecciones más características, que se de transmiten por el agua y por los alimentos. Las manos, no lavadas son el elemento fundamental, para asegurar su contagio. Después, el agua y el alimento contaminado, ya sea directamente por las deyecciones del enfermo, (orina y materias fecales de aguas servidas, en condiciones de falta de saneamiento); o bien indirectamente, a través de sus manos.

El período de incubación de la enfermedad, es de cuatro a seis semanas, que van desde la entrada del virus al organismo, hasta la aparición de la ictericia.

La hepatitis B, desde un punto de vista epidemiológico, es totalmente diferente a la hepatitis A, ya que no tiene un ciclo de contagio oral – entérico –urinario, sino que se transmite fundamentalmente a través de la sangre, ya sea por transfusión directa, o por uso de agujas contaminadas, y también  por inoculación, a través de las membranas mucosas, como ocurre  con otras enfermedades de transmisión sexual.. Es por ello, que la hepatitis B es una de las enfermedades que deben ser consideradas dentro de las que se transmiten dentro de las relaciones sexuales, aunque éste no sea el mecanismo único ni exclusivo para su transmisión. Como transmisión sexual, la hepatitis B, se ve con mayor frecuencia entre los adolescentes, y los varones homosexuales. El período de incubación es de dos a cinco meses.

Puede ocurrir también, la transmisión fetal, de la madre al hijo. Los lactantes con hepatitis B presentan  a menudo un cuadro  clínico leve. Sin embargo, es importante tener en cuenta que el 90% de los recién nacidos infectados, serán posteriormente portadores crónicos, y contarán con un consiguiente mayor riesgo para sufrir una enfermedad hepática crónica en la edad adulta; y también de ser vectores de transmisión de la enfermedad.

La respuesta de naturaleza inflamatoria del tejido hepático, a la presencia del virus, produce unas lesiones, que alteran de modo idéntico la estructura del tejido, en ambos tipos de infección. Si se realiza una observación microscópica del tejido inflamado, recogiendo muestras por tomas de biopsia hepática, se comprueba que tiempo después,  aparecen  signos de regeneración tisular, con un retorno a la normalidad en el entorno de los 90 días del inicio de la enfermedad. No obstante, esta evolución no cursa de esta manera en todos los casos, y fundamentalmente en la hepatitis B, que cuenta con un mayor porcentaje de complicaciones hacia la gravedad.

Cuando un paciente con hepatitis B presenta cambios persistentes, en forma prolongada, en la estructura de su parénquima hepático, hay que sospechar que la enfermedad aguda, pudo haber iniciado un curso evolutivo hacia la cronicidad, al no haber remitido totalmente. Es este punto, el que justifica la necesidad de seguimiento de la enfermedad en su curso, por exámenes de laboratorio, (bilirrubinas, y enzimas hepáticas) que traducen una situación estacional, de regresión, o de empeoramiento. En la hepatitis A aumentan y bajan más rápidamente que en la hepatitis B. En caso necesario, deberá completarse con estudios histológicos del tejido recogido por biopsia.

Habitualmente  la hepatitis A  es de comienzo agudo, y la B es de comienzo insidioso. El cuadro clínico, se presenta  más severo en los adolescentes que en los niños. La  hepatitis A, se inicia con fiebre alta, malestar general,  dolores musculares, falta de apetito, náuseas ,vómitos y dolor abdominal. Algunas veces los dolores musculares se localizan en la pared abdominal, y en ocasiones simulan cuadros de apendicitis o de colecistitis. Una de las características más salientes de las manifestaciones infecciosas, es la pronunciada astenia y adinamia que experimenta el paciente, como sensación de extrema fatiga y cansancio, que le impide su actividad normal.

El síndrome pigmentario, dado por alteraciones en el pigmento biliar, produce los signos de ictericia, coluria, y a veces acolia, (ictericia: color amarillo de piel y mucosas; coluria : color oscuro amarronado de la orina; acolia: materias fecales blancuzcas), son signos que aparecen luego de otras manifestaciones menos específicas, y que permiten plantear el diagnóstico de hepatitis, con más firmeza. Traducen la existencia de una obstrucción en el pasaje de bilis al intestino, cuando hay acolia, y una derivación de los pigmentos a la sangre, cuando hay ictericia y coluria. La ictericia puede durar entre dos y tres semanas; y el período de convalecencia de la enfermedad, es de uno a dos meses.

En los dos tipos de hepatitis, el hígado se presenta doloroso y a menudo aumentado de tamaño. Ello se debe al edema inflamatorio, que aumenta el contenido de agua del tejido, provocando un crecimiento de su volumen que provoca su salida hacia abajo del reborde de la parrilla costal derecha. Normalmente, el hígado no “asoma” por debajo de la última costilla, pero en estas circunstancias, puede sobrepasarla en varios traveses de dedo. El aumento de volumen, y distensión de la cápsula que lo recubre (cápsula de Glisson), es la que produce el dolor.

La hepatitis B presenta manifestaciones similares a la B, pero de curso más arrastrado,  a veces con  dolores articulares o erupciones en la piel. Debe sospecharse el tipo B en homosexuales, en  hemofílicos, (sometidos a transfusiones); en drogadictos (que usan jeringas sin medidas adecuadas de asepsia); y en pacientes que reciben hemodiálisis. La forma de identificar este tipo de hepatitis, es por la detección en la sangre, del antígeno específico que lo caracteriza.

La importancia de determinar el tipo B, se basa en una doble finalidad práctica: por un lado es necesario someterlo a un control evolutivo más próximo, dada la frecuente agravación; y por otro lado, importa la prevención epidemiológica de los contactos..

Las complicaciones en la evolución de una hepatitis, si bien son más frecuentes en el tipo B, pueden darse en los demás tipos. Se sospechará la complicación, fundamentalmente cuando se observa una persistencia de la sintomatología de cansancio y fatiga, en forma prolongada, y cuando el síndrome pigmentario, se prolonga más allá de los plazos medios referidos.

Cuando el compromiso del parénquima hepático se agrava, pueden tener lugar otras funciones, que dan lugar a otras manifestaciones clínicas. Una de estas funciones, es la de eliminar de la sangre (metabolizar), sustancias que acumuladas, producen compromiso del nivel de vigilia. En este caso el enfermo sufre una patológica tendencia al sueño, que le lleva al coma: coma hepático. Antes, se ve alteración en los períodos de sueño, con somnolencia diurna, e insomnio nocturno.

Otra función alterada que produce efectos graves, es la vinculada a la formación de un factor de la coagulación, llamado protrombina. En dicho caso, su carencia determina tendencia a las hemorragias, que se ven en la vía digestiva, o en la piel, que aparece con manchas (petequias y equímosis), por depósito de sangre subcutánea.

La mayoría de los enfermos se recupera espontáneamente.  Se recomienda mantener un razonable estado de nutrición, y reposo, hasta que aparecen señales clínicas y bioquímicas de recuperación. La actividad puede reanudarse entre las 2 y 4 semanas .

 

 

 

 

 

 

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